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PR LA FESTIVIDAD DE TODOS SANTOS, FIELES DIFUNTOS Y SU ALTAR DE MUERTOS EN MÉXICO, PATRIMONIO "INTANGIBLE" DE LA HUMANIDAD.

Elsa Malvido

Muchas cosas que creemos tradicionales y enterradas en la bruma de los tiempos son en verdad producto como mucho de los últimos siglos, y con frecuencia aún mucho más recientes.1

INTRODUCCIÓN
Pocas veces se pone uno a reflexionar acerca de las costumbres. Un ejemplo de ello es el gran mito sobre el Día de Muertos en México, fecha que se ha convertido en un lugar común promovido por la industria turística nacional e internacional. Alimentado por intelectuales nacionales y extranjeros hoy es declarado patrimonio intangible de la humanidad.
Sin embargo, cuando uno profundiza en el estudio sobre la muerte, sus ritos, costumbres y protectores, no puede creer todo lo que los medios de comunicación dicen sin ponerlo en tela de juicio, sobre todo cuando se ha tenido la fortuna de observar esta celebración en otros países del mundo católico y protestante.
Desde los años cuarenta del siglo XX se ha dicho que México es un país escatológico y morboso; que sus pobladores se burlan de la muerte, juegan con ella y se la comen virtualmente convertida en dulces de azúcar; incluso se ha dicho que en México hasta la muerte es dulce.2
Tal idea se apoya sobre todo en una gloria nacional de las letras y premio Nobel, el fallecido Octavio Paz, quien afirmó en uno de sus más conocidos textos: “También para el mexicano moderno la muerte carece de significación.”3
Esta frase lapidaria ha hecho ver a los mexicanos como seres de otra especie, distinta a la mortal y humana, eso sí, ¡muy digna de ser poetizada!
Para esas fechas (1930), el país tuvo un fuerte repunte económico debido entre otras cosas al gobierno de Lázaro Cárdenas, a la nacionalización de sus ricos yacimientos petrolíferos (hoy agotados) y a la inminencia de la Segunda Guerra Mundial. La vida intelectual logró tener un impacto internacional destacado, antes desconocido, de carácter populista, laico, más bien anti-
católico, siendo descubierto el folclor y la mitad de sus habitantes,
los indios. Su vida, ritos, explotación, padeceres, etc., se pusieron de moda,
la memoria y el olvido históricos tampoco son exclusivos de los mexicanos, por etapas el país olvida a sus campesinos, les cambia de nombre y de repente los reconstruye como indios, con ayuda de los antropólogos los reinventa políticamente.
Con Cárdenas en la presidencia, a lo mexicano se le identificó con el grupo prehispánico más desarrollado a la llegada de los conquistadores, los mexicas, y a ellos se les atribuyeron ceremonias que ignoraron los 300 años de colonización española, un siglo de independencia y diez años más de revolución.
¿A qué viene todo esto?, a entender que los intelectuales de entonces rescataron y recrearon algunas costumbres populares coloniales, católicas y/o romanas paganas, y les asignaron un nuevo sentido, entre ellas a las fiestas de Todos Santos y Fieles Difuntos, otorgándoles un sentido prehispánico y nacional, difícil de probar pero fácil de creer.4
Después de que estos mitos han crecido con raíces modernas, pocos han sido los investigadores que han hurgado en la memoria mexicana o en sus concepciones sobre la muerte. Sin embargo cabe destacar a tres arqueólogos: Carlos Navarrete, Eduardo Matos y Leonardo López, entre otros, quienes disienten en distintos niveles sobre el origen prehispánico del Día de Muertos.
Lo que no podemos negar los mexicanos es que la muerte para nosotros sigue siendo cercana, familiar y doméstica,5 ya que a pesar de los avances científicos, la desigualdad social es evidenciada por la alta mortalidad infantil y que si bien la esperanza de vida hoy alcanza los 80 años de edad y más, pocos serán los campesinos y las clases bajas quienes logren llegar a los 50 años.6
Por estos factores y otros que no vienen al caso en este trabajo, la muerte en México continúa formando cercanía y cotidianidad de una gran parte de sus 100 millones de habitantes.
Pero, ¿cuál es el origen verdadero del Día de Muertos en el México moderno?, ¿cuáles son sus antecedentes?, ¿desde cuándo los mexicanos la celebramos?; ¿han variado su nombre y su contenido? En lo sucesivo intentaremos aclarar estas dudas.
ANTECEDENTES
Señor, te proclamamos admirable y el solo Santo entre todos los Santos
Oración de la Fiesta de Todos Santos7

Todos los pueblos del mundo han ofrendado alimentos a sus muertos cercanos, a los antepasados gloriosos y a los dioses protectores de la muerte, esto no es novedad. Tanto las culturas antiguas como las actuales lo continuamos haciendo, lo que ha variado es la forma del ritual, el tiempo y el espacio donde se realiza la ofrenda.8
Si bien se ha insistido en que fueron los egipcios y los tibetanos9 quienes dedicaron parte importante de su vida y celebraciones al “más allá”, sabemos que el temor a la muerte es y ha sido universal y que la diferencia estriba en que esas culturas dejaron escritos que se han podido conservar y traducir a nuestros idiomas, amén de que permearon a casi todas las religiones que les precedieron, incluida la católica.
¿Es que hemos olvidado que los museos del mundo, los centros históricos, monumentos ceremoniales y sus tesoros reconocidos como patrimonio arqueológico de la humanidad, son resultado en su mayoría de rituales dedicados a la memoria de la muerte? Por ejemplo, en el mundo antiguo: las Grandes Tumbas Sagradas de Pekín y Shian, así como los templos budistas; las pirámides mayas e incas; el Tahj Majal y su contraparte en la India; las abadías, santuarios, iglesias, templos católicos sepultura de santos asiáticos, europeos y americanos; las mezquitas de Casablanca y del mundo islámico en general; o bien del mundo actual, las de Lenin en Moscú, Mao Tse Tung en Beijin, Franco en España o el Ángel de la Independencia y el Monumento a la Revolución Mexicana, por citar los ejemplos más conocidos.
En nuestro país, antes de la llegada de los españoles cada grupo nativo tuvo sus calendarios festivos dedicados a celebrar la vida y la muerte de todo lo que los rodeaba mientras que los dioses de la naturaleza negociaban sus temores; en su mayoría fueron sociedades campesinas, recolectoras y cazadoras, donde el clima, la geografía y los astros les impusieron sus actividades, creencias y limitaciones. Algunos grupos asimilaron por convicción o imposición en su panteón a dioses de otras culturas, compartiendo con ellos sus fiestas, espacios y tiempos distintos; sin embargo, si pocos grupos nos dejaron memoria de su acontecer, menos aún lo hicieron las que los occidentales dejaron sobrevivir y que han podido traducirse e interpretarse.10
Más bien, fueron los grupos que sobrevivieron la Conquista quienes al ser sometidos por la cultura occidental recogieron algunos de sus cultos pasados, con el fin de que los católicos justificaran los designios de su Dios al conquistarlos. Sobre todo los mayas y mexicas fueron quienes por medio de los frailes y conquistadores plasmaron sus ritos en anales y códices.11
Basándose en estas fuentes, la mayoría de los etnólogos, antropólogos y arqueólogos formados en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, apoyo incondicional de la ideología cardenista, han escrito sobre el día de los
muertos participando de la idea “tradicional” del origen prehispánico de dicha costumbre. Cuando más, aceptan la posibilidad de un sincretismo12 con los ritos católicos y han intentado a toda costa meter el 1 y 2 de noviembre dentro de ese calendario ritual mexica, considerándolo como general al territorio mexicano del siglo XX, aunque en muchos lados les resulte ajeno.
La que escribe estas líneas, en cambio, cree que dichas ceremonias son netamente españolas, coloniales, cristianas y en algunos casos romanas paganas, enseñadas por frailes, curas y otros europeos a los indios y mestizos. Esas celebraciones han sufrido otros cambios. Uno muy importante se da durante la separación de la Iglesia y el Estado en 1860 con las Leyes de Reforma, cuando la muerte fue controlada por el estado civil y enterrada en los panteones civiles o privados;13 y la otra, más tardía, creada por los ideólogos del gobierno de Lázaro Cárdenas.
Pero será el lector quien tenga la última palabra.

LA CONQUISTA DE LOS CUERPOS Y DE LAS ALMAS.
LA CULTURA OCCIDENTAL DEL SIGLO XVI
Y SU CONCEPCIÓN DE LA MUERTE
Se considera que la fiesta más importante de la Iglesia católica es el Misterio Pascual,14 la crucifixión de Jesús, quien murió por redimir a todos sus creyentes para después resucitar, obsequiándoles este poder de resurgir a los fieles, quienes al morir deberán ser enterrados siguiendo la costumbre judía de los tiempos en que murió Cristo.15 Así, el catolicismo está dedicado a la adoración de la muerte ya que su mundo no está en la tierra, sino en el más allá. El entierro y los cementerios16 o dormitorios se convirtieron en rito católico al unirse la teología de la resurrección con el entierro mismo y la adoración a la osamenta de los santos en la Edad Media.
El calendario católico se rige por la vida y muerte del Señor, la que es acompañada con la celebración de la memoria de aquellos que vivieron y murieron siguiendo su ejemplo: los santos y mártires a quienes se les asignaron días especiales para recordar su sacrificio y por lo cual los católicos adquieren como homenaje sus nombres al nacer ese día.17
Entonces los restos de los santos se convirtieron a partir de la Edad Media en uno de los más grandes negocios de los saqueadores de catacumbas, y más tarde también de los señores feudales y de los papas.18
A estas reliquias o restos de los santos se les otorgaron múltples poderes, entre otros el de servir de intermediarios entre Dios y los hombres en el juicio postmortem, por lo cual deberían de conservarse en el altar debajo de la reliquia mayor, el cuerpo de Cristo.19 Mientras, en el piso de las iglesias y en Comunión con los santos, el pueblo sepultado esperaría la resurrección. El precio del sitio de entierro católico dependió de la cercanía con los santos (las reliquias), pues se creyó que desde ahí sería más fácil obtener su intercesión con Dios.
La abundancia de mártires católicos se debió a que desde su origen la Iglesia y sus creyentes fueron perseguidos. Cientos murieron anónimos por amor a Cristo al difundir sus enseñanzas y siguir su ejemplo, pero a muchos nadie los recordaba y tampoco se conocían sus nombres, por lo que los papas y abades comenzaron a rescatarlos en el siglo XI, para lo cual propusieron una celebración en su honra, aunque sin fecha fija.20
En el siglo XI, el abad de Cluny promovió la celebración de Todos los Santos el día 1 de noviembre, fecha en que se recordaba a Los Maccabeos;21 a partir del siglo XIII la Iglesia romana lo aceptó y así se ha mantenido a través de los siglos, tradición reforzada por el Concilio de Trento.22
Pero, ¿en qué consistía esta celebración de Todos los Santos? Iglesias, conventos y santuarios ese día exhibieron sus tesoros, restos y reliquias para que los creyentes les ofrendaran oraciones, las cuales otorgaron al orante el perdón de sus pecados y le evitaron la entrada al infierno eterno, prometiéndole a cambio de las plegarias la indulgencia para permanecer menos tiempo en el purgatorio después del juicio de nuestras acciones; a estas ofrendas se les conocieron como sufragios.
Imaginar la vida eterna en el infierno, y sus tormentos, fue algo que verdaderamente atemorizó por siglos a los católicos. Desde entonces, ese día dichos centros de devoción se convirtieron en una verdadera romería circular, yendo los pecadores de templo en templo, acumulando indulgencias otorgadas por los papas, sin importar que éstas fueran desde minutos hasta la perpetuidad. Las indulgencias se imprimieron en la parte posterior de las esquelas de los fieles.23 No se refirieron por supuesto a tiempos naturales sino teológicos.
Dice el Tesoro de la Lengua Castellana:

Latinae, incnitias, facilitas, vale gracia, concesión, remisión. Comúnmente tomamos indulgencias por las gracias y perdones que los sumos pontífices y prelados conceden a sus fieles en remisión de penas, estando dispuestos y capaces de recibirlas, del Tesoro de la Iglesia, de la abundancia de los méritos de satisfacción suya mediante los de Cristo y su pasión y de los méritos de los santos que les dio valor, las cuales penas sin embargo del perdón se habían de pagar en esta vida o en el Purgatorio.

Este ritual sustituyó simbólicamente la peregrinación a los Lugares Sagrados que todos los católicos debieron de realizar en su vida.
La costumbre en los reinos católicos de León, Aragón y Castilla, consistió en preparar ciertos alimentos dedicados a estas fiestas, entre los que se destacaron los dulces y panes imitando a las reliquias, es decir, a los huesos que portaron los nombres de los santos: los huesos de santos pudieron ser unas canillas especiales con miel, pero los hubo para cada parte del cuerpo que se veneraba, cráneos, astillas de huesos, esqueletos completos que cambiaron el sabor, la consistencia y la forma; en la parte catalana se hacen con almendras y se les conocen como Panallets.
En Italia los huesos de santo se hicieron con pasta de almendra; también se elaboraron unas frutas y animales con los que se identificó a cada santo, llamadas “Frutti dei morti” (típicas de Orizaba y de la dulcería Celaya, fuera totalmente de contexto), así como unas roscas que significaron la Omega o fin de la vida. Además se confeccionaron galletas en formas de animales y muñecos, conocidos como “bambollas”, a quien el antropólogo Francesco Faeta, identificó como “exvotos” que ese día se ofrendaban a los santos para pedir su masiva intercesión. En Regio de Calabria hay un museo que ha guardado más de mil piezas con sus variantes en los últimos años.24
Estos manjares se llevaban a la iglesia en donde eran bendecidos y más tarde, en las casas, se les colocaba en “la mesa del santo”, que consistía en una imagen del santo predilecto adornado con los dulces y panes con figura de huesos benditos, que santificaban a las casas y a los que se les pedía su intermediación protectora. Esta costumbre se continúa en el siglo XXI en las zonas rurales de la Europa y la América católicas.25
Ahora bien, la celebración de Todos Santos el 1 de noviembre llegó a Nueva España con la Conquista. Sin embargo, en los primeros años los altares de las iglesias mexicanas carecieron de reliquias, es decir, no estuvieron santificados, lo que obligó a que éstas fueran trasladadas desde Roma, entre barco y barco. Algunas partes de cuerpos, ropas, pedazos de la santa cruz o espinas de la corona de Cristo, a pesar de sus poderes milagrosos, zozobraron con todo y sus portadores en nuestros mares.26
Las primeras reliquias en México entraron por el puerto de Veracruz y fueron seguidas por muchos indios conversos. En cada poblado les levantaron arcos de flores (igual que los arcos que se hacen en Jalapa este día y se ponen en la puerta de las iglesias) y las acompañaron con música y cantos a lo largo de su camino. Algunas de estas piezas adquirieron poderes curativos o preventivos y fueron muy especializadas.
En España y Nueva España a los dulces que imitaron estas piezas se les dio el nombre árabe de alfeñiques, siendo los que hicieron las monjas de Santa Clara y San Lorenzo los más demandados para esas fechas, por la gente rica naturalmente, mientras que los pobres compraron los que los indios hicieron con azúcar derretida elaborados en moldes de barro, así como panes diver-
sos con formas de niños cubiertos con azúcar rosada o redondos con los huesos alrededor, ofrecidos en puestos ambulantes situados cerca de la Catedral, centro de la comunidad durante la feria conocida más tarde como de Los muertos.27
Para el siglo XIX, nos dice García Cubas que “el pueblo que tal día dáse a comer esos dulces de azúcar, que generalmente representan cráneos, esqueletos, tibias y otros huesos del ser humano, conviértense, aunque en apariencia, en ostófago”.28
EL DÍA DE LOS FIELES DIFUNTOS
Después de las pestes del siglo XIV, el 2 de noviembre del calendario cristiano se dedicó a orar por todos los Fieles Difuntos, es decir, los católicos del mundo conocido, ya que al inventar la Iglesia una tercera opción de la geografía del inframundo católico, el Purgatorio,29 dio oportunidad a que los fieles creyeran que gracias a sus plegarias y las de otros (sufragios), les otorgarían la licencia para salir del purgatorio en poco tiempo o para evitar la vida eterna en el infierno, el peor temor de esos siglos.
Así, todos aquellos que sufrieron una pérdida cercana debieron acudir a su parroquia, donde asentaron su nombre en el Rollo de los Muertos para que las plegarias de toda la comunidad imploraran por su rápido perdón. Ese día y durante la Navidad fueron las excepciones en que se permitió oficiar dos o más misas al día. Las iglesias y calles aledañas se adornaron luciendo un luto riguroso, con crespones negros y velámenes pintados con huesos que cubrieron las paredes, acompañados de versos alusivos a la inminente muerte; en la entrada un gran esqueleto les daba la bienvenida mientras que en medio de la nave se montó el Gran Catafalco, adornado con calaveras, huesos y esqueletos para que los católicos atraídos por el toque constante de las campanas a difuntos asistieran a los Oficios, terminando la celebración con un sermón y el rosario doloroso.
El 1 y 2 de noviembre de alguna manera sirvieron tanto para recordar a los ancestros lejanos y cercanos, como para pedir perdón por los pecados, haciendo una reflexión sobre la fragilidad de la vida y la esperanza de resucitar, sin olvidar que “polvo eres y en polvo te convertirás”, pero bien sabido es que “el muerto al hoyo y el vivo al gozo”.
Los testamentos después de la invención del purgatorio empezaron a modificarse para destinar grandes fortunas para las misas y plegarias de difuntos, o bien para que algún pariente pobre entrara a formar parte del clero y dedicara su vida a rezar para el perdón de los pecados de su beneficiario; a esto se le conoció como obra pía.
Por su parte, los romanos un día de su calendario, no sabemos cuál, esperaron según sus creencias el retorno de las almas de los muertos y a las 12 de la noche el pater familia lanzaba al techo de la casa unas habas que aún en Italia se hacen de dulce y se llaman fabis dei morti, para avisarles que ya podían volver al mundo de los muertos, que no se quedaran entre los vivos. Esas habas de dulce, sin contexto ritual en México, las sigue confeccionando la dulcería española “La Cubana”.
Esta tradición con algunas variantes la hemos encontrado hace dos años en España, pues en Santiago de Compostela y en Galicia en general, el día 31 de diciembre se deja la mesa puesta para que vengan los muertos familiares y compartan la comida de fin de año;30 en Sicilia se cree que los ancestros vienen y les traen regalos y dulces a los niños de la familia el 2 de noviembre.
En el siglo XIX, los costumbristas Altamirano y García Cubas se refieren a una parte de estas tradiciones como bárbaras.

Los pobres e incultos ese día ponían la mesa del comedor en la noche esperando que a las doce de la noche, las almas de los muertos vinieran a comer.
Esta costumbre romana y pagana, llegó a México con los castellanos y en particular con los gallegos, pues muchas de las costumbres paganas las conservaron los católicos, como las piras funerarias que fueron tan destacadas en la Nueva España.31
[...] Por la noche los del pueblo bajo, que sólo concurrían al paseo de la Plaza hasta las diez de la noche, hora en que irremisiblemente se cerraban las casas de vecindad, ya en sus hogares encendían las velas en el altar de sus ofrendas, consistiendo en biscochos, fruta y dulces, tamales y calabaza cocida; todo preparado con el expreso fin de que a la medianoche tuviesen qué cenar sus deudos difuntos. Además de ser supersticiosa tal costumbre, es estúpida, por cuanto a que no realizándose el esperado hecho, tan contrario al orden natural, la gente se mantiene en sus treces, y cada desengaño sólo sirve para engullir, al día siguiente, las golosinas o distribuirlas a veces, entre sus amistades.32

EL DÍA DE TODOS SANTOS EN EL MÉXICO COLONIAL
E INDEPENDIENTE
Al parecer estas dos celebraciones se unieron desde el siglo XVIII en México, se tornaron en una danza macabra que duraba dos días enteros y continuó trastocada en una fiesta popular en la Ciudad de México durante todo el mes de noviembre, conociéndose como el “Paseo o Verbena de Todos Santos”, o —en un sólo documento muy tardío del México independiente— el “Paseo de los Muertos”.33
Según las fuentes documentales del Archivo del Ayuntamiento de la Ciudad de México, el 1 de noviembre de 1821 la gente, después de visitar las iglesias, terminó su recorrido en la Catedral frente a la Plaza de Armas o Zócalo, donde se desarrolló la Verbena de Todos Santos.
El Ayuntamiento de la Ciudad de México ofreció al mejor postor cada mes de octubre la organización de esta verbena por medio de un rotulón. Dicho postor debió de contratar, a su vez, espectáculos decentes y permitidos para toda la familia, y ofrecerlos a precios accesibles. Tuvo que cubrir los sitios para el baile y las obras de teatro, cuidar de la iluminación, limpieza y buen trato a los jardines que había entonces.
Se permitió poner carpas o salones para presentar obras de teatro, sobre todo de marionetas con óperas italianas (como las de los Hermanos Rosete Aranda), carruseles de caballitos, juegos de dados, puestos de dulces, frutas y artesanías que trajeron los pobres de los alrededores para la venta. El 10% de las ganancias obtenidas fue entregado al Ayuntamiento.34 El baile se anunció con rotulones pegados en cada esquina y costó el asiento 6 reales.35
Los puestos de frutas y dulces se toleraron, a decir de las autoridades, porque “muchos pobres especulan en varios espectáculos y se beneficiarán mostrándoles la equidad del nuevo gobierno”.36
Sin embargo, los postores generalmente salieron con fuertes pérdidas. Entre algunas de las explicaciones que dieron eran “la escasez de recur-sos de todas las clases de la sociedad han sido una calamidad para esta clase de espectáculos”, además del mal tiempo que aparecía en esos días. Año con año los postores solicitaron ampliar los días de uso del espacio para aminorar las pérdidas ofreciendo a bajos precios sus espectáculos. De esta manera, encontramos casos en que se continuó hasta enero del año siguiente, ocasionando serios problemas a quienes debieron de transitar por esos sitios (como hoy los vendedores ambulantes; nada nuevo bajo el sol).
Debieron limpiar todo antes de entregar la plaza al Ayuntamiento y tapar los hoyos hechos para poner los horcones, así como pagar los daños causados a los jardines.
A partir de 1871 no hubo postor y el Ayuntamiento se tuvo que hacer cargo de realizar la festividad, bajo el argumento de que “no es oportuno combatir la vieja costumbre”, y que se veía “obligado a realizarla deseando que la población de esta capital disfrute en estos días de un paseo público y agradable”.37 Para iluminar el espacio se contrató a la compañía de gas, pero debieron de comprar los globos de papel y los pabilos así como aceite de ajonjolí.38 Sin embargo, para 1881 un arquitecto que laboraba en el Ayuntamiento propuso cambiar la verbena a la Alameda, “la que se adornará de día y alumbrará de noche, estableciéndose en las tardes y noches música que anime el público paseo”.39
Al parecer durante los años del porfiriato la festividad fue mejorando pues el Ayuntamiento empezó a tener ganancias, con las que se compró “una máquina de vapor y otros útiles para servicio del taller del Gran Círculo de obreros y la cesión se extendió a la Escuela Correccional de Artes y Oficios”.40
A cambio de esta romería se prohibieron a partir de 1844 los paseos a los panteones el 1 y 2 de noviembre,41 aunque dudamos mucho que se haya respetado tal prohibición.

EL NUEVO ESPACIO DE LA VERBENA: LOS PANTEONES
La novedad para la muerte y sus habitantes fue el tratamiento al cuerpo muerto después de la primera pandemia de cólera morbus de 1833, cuando las autoridades exigieron que los muertos se exhumaran definitivamente fuera de las iglesias porque sus pisos debieron ser encementados para evitar cualquier abuso clandestino. Así surgió el nuevo espacio ritual, distinto al que se había usado por tres siglos. Los panteones se situaron siguiendo las consejas borbónicas; fuera de poblado, en alto, donde crucen los vientos para no contagiar a los vivos con los miasmas.
Así, acudir el 2 de noviembre a visitar a los muertos sonó bastante extraño, al igual que imaginar que engalanaron sus sepulcros. Esto nos explica algunas de las costumbres que damos por ancestrales y familiares, que a decir de los escritores de la época, resultaron para ellos no sólo novedosas, sino un tanto exóticas e irrespetuosas:

Ya se sabe que en México hay ahora nuevos cementerios, y de diversas formas usadas en otro tiempo. El cementerio Francés, el de la Piedad, en el mismo rumbo, el de Dolores, en las colinas de Tacubaya, los dos de Guadalupe, el de San Fernando (cerrado), el del Campo Florido al sur de la ciudad y el de los Ángeles al noroeste. Allí están enterrados los huesos de los muertos a quienes tienen que llorar los mexicanos. El día de Todos Santos en la tarde unos pobladores de la capital concurrían, como hoy a los templos, para visitar las reliquias de los bienaventurados que en ellos se veneran y otros dábanse prisa para disponer todo lo concerniente a la compostura en los panteones de los sepulcros y monumentos que habían de aparecer el día siguiente vestidos de gala.42

Para hacer la visita a estos espacios que quedaban en las afueras de la ciudad, se tuvo que tomar el tren de mulitas o hacer grandes caminatas entre charcos y lodazales. Al borde de esos caminos se pusieron puestos de toda clase de comida y bebida, entre las que destacaba el blanco y maravilloso pulque.
Por supuesto cuando la gente llegó hasta los nuevos panteones se encontró agotada, hambrienta y sedienta. Entonces, junto con las flores y los adornos de las tumbas, sacaron y consumieron la comida y la bebida.
Adornar las tumbas con mantones de Manila, encajes bordados, floreros y candelabros de plata o Sevres, flores y velas era una situación inédita. Por último, el pueblo desfiló para calificar la belleza y riqueza de las tumbas, así como el buen gusto, al tiempo que se “aprovechaba la ocasión para lucir a las hijas43 y para completar el cuadro ¡beber y comer sobre y con el muerto!”44

Después la muchedumbre comenzó a salir [de los panteones] pero no como sale una muchedumbre abatida y llorosa, sino como se desencadenaban las turbas de la antigua Roma[...] cuando se inauguraban las Saturnales[...] por todas las calles de la ciudad circulaban todavía a media noche, los animados grupos afligidos, cantando y bebiendo.

Durante el período de Santa Ana ese día se puso un monumento circular en conmemoración de la Independencia nacional, se improvisó un salón con vigas y lienzos blancos que se adornó con festones y ramos de flores, grandes espejos, farolas de cristal y venecianos. A su alrededor circularon las masas “que como culebras enroscadas se movían[...] así nuestras costumbres del Día de Muertos, es una ironía”.45
Fiesta de muertos para la vida, cambios de costumbres y espacios para los muertos ahora nacionales, familiares, cercanos, humanos, la mayoría esperando aún la resurrección, mientras que otros ya no creían en ella: masones, protestantes y extranjeros demandaron también sitio para reposar después de muertos ya que la Iglesia católica se los había negado, ahora la muerte laica se los ofrendaba y las constructoras internacionales con la globalización construyeron los panteones de nacionalidades que hoy por hoy no entendemos qué función tuvieron.

CONCLUSIONES
Las celebraciones de Todos Santos y Fieles Difuntos han sido fiestas de guardar en el mundo católico, pero los intelectuales mexicanos las volvieron mexicas y prehispánicas, y los antropólogos se lo han creído. Sabemos que la cultura se reinventa cada día y hoy Halloween es parte de nuestras celebraciones, pues hemos pasado a ser el traspatio de Estados Unidos, aunque ya desde 1930 en el centro de México el altar de muertos y el adorno de los panteones desde 1860 son expresiones de nuestro pueblo. Algunas veces creemos que las tradiciones son ancestrales, pero nos damos cuenta de que no es verdad. Hoy tratamos de poner en su lugar y su tiempo algunas tradiciones de nuestro pueblo declaradas Patrimonio Intangible46 de la Humanidad.
No es que me interese en particular desmitificar una falsa idea sobre el mexicano y su amor patológico por la muerte. La clave está en poner en su sitio, con bases documentales, serias, el cambio de las costumbres funerarias, para entender mejor por qué tenemos tal o cual actitud y no otra; para
saber que la concepción de la muerte es producto de la imposición manipula-dora que los grupos de poder tienen sobre nuestro ciclo vital, y ser concientes
de que los rituales, al igual que nosotros, son perecederos y modificables, pues de otra manera la antropología y la historia no tendrían qué hacer. Espero que con esta revisión tengamos más elementos para definir al mexicano y sus variadas actitudes hacia la muerte, en el tiempo y en el espacio.
Los mexicanos del siglo XIX sufrieron dos separaciones, una de España y otra de la Iglesia; un siglo de guerras internas y de invasiones extranjeras; migraciones de países antes vetados; fueron favorecidos por el avance de la ciencia con la medicina preventiva y su lucha contra el contagio de las enfermedades que significó una nueva actitud sanitaria. Todo ello modificó una festividad de tres siglos de la cultura cristiana, convirtiendo la celebración de Todos Santos en un pretexto “democrático del Día de Muertos”, donde el acercamiento de los humanos a una muerte familiar y laica les permitió romper con ritos antiguos y crear otros nuevos depués de la Revolución, ni mejores ni peores, simplemente humanos, ante la temida muerte.


Elsa Malvido, profesora e investigadora adscrita a la Dirección de Estudios Históricos de la Coordinación Nacional de Antropología del INAH, es coordinadora del Taller de Estudios sobre la Muerte, así como del Proyecto Salud-enfermedad de la Prehistoria al siglo XXI.

1 A. Giddens, Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestra vida, Taurus, Buenos Aires, 2000.

2 V.B. Oliver, En México, ¡hasta la muerte es dulce!, ITESM/INAH, México, 1992.

3 O. Paz, El laberinto de la soledad, FCE, México, 1967, pp. 42-48.

4 C. Navarrete, San Pascualito Rey y su culto a la muerte en Chiapas, UNAM, México, 1982. Véase también Mexican Folkways, revista editada en México por Frances Tour desde 1925. Dicha publicación, bilingüe y muy especializada, difundió la nueva ideología nacionalista del grupo cardenista. Como parte de este movimiento se creó el INAH para estudiar “lo indígena, su historia, costumbres y tradiciones”, apoyando esa ideología nacional.

5 En contra de la muerte hospitalizada típica de los países desarrollados, la mayoría de los mexicanos morimos en la cama de nuestra casa. Paralelamente, en Estados Unidos de América una casa se devalúa 30% si fallece en ella alguno de sus miembros.

6 Véase C. Navarrete, Op. Cit.; E. Matos, “La muerte en el México prehispánico”, en Artes de México (# 145), México, 1971; J. Carrión, “La vida y la muerte en los mexicanos”, en Artes de México (#2), México, 1954; A. Hijar, “Muerte moderna e ideología”, en La muerte. Expresiones mexicanas de un enigma, UNAM, México, 1975; y R.G. Guerrero, Toneucáyotl. El pan nuestro de cada día, INAH, México, 1987, p. 67.

7 A. Pardo, et al., Op. Cit., p. 21.

8 C.D. González, Religiosidad y ritual de la muerte en la Huelva del siglo de la Ilustración, Exc. Dip., Prov. de Huelva, Huelva, 1993, p. 75, “Las ofrendas funerarias: el trigo y el
vino”; y P. Ariés, El hombre ante la muerte, Taurus, Madrid, 1999. En el Archivo de Notarías encontrarán quienes en su testamento dejaron dinero para la comida funeraria que se realizaba después del sepelio. Véase al respecto T.V. Zárate, Los nobles ante la muerte en México. Actitudes, ceremonias y memoria (1750-1850), El Colegio de México/IM, México, 2000, p. 278.

9 Véase El libro tibetano de los muertos, nueva traducción, Editorial Troquel, Buenos Aires, 1978; El libro de los muertos de los egipcios,
Minerva, Madrid, 1979-1984.

10 A.A. López, “Los caminos de los muertos”, en Estudios de cultura náhuatl (Vol 2), UNAM, México, 1998, pp. 141-148.

11 J.B. Glass, Catálogo de la colección de códices, INAH, México, 1968. Los llamados códices mexicanos se componen en buena parte de anales postcortesianos, escritos en caracteres tanto latinos como ideogramas y algunos en lenguas indígenas, fueron dirigidos por los franciscanos si bien la costumbre de escribir su memoria con ideogramas era muy antigua.

12 Sincretismo es una palabra hueca que puede decir todo y nada.

13 I. M. Altamirano, Paisajes y leyendas. Tradiciones y costumbres de México, Porrúa, México, 1989, p. 47. “¿Habrán cambiado algo las costumbres piadosas de los mexicanos en este día? Me pregunté. ¿serán otra cosa de lo que eran antes de la Reforma?... ¡Ah, decía yo, olvidando por un momento que conocía las costumbres de esta noble ciudad!... interrumpió mi fase melancólica un concierto de alegres carcajadas y chillidos de regocijo...”. Comentarios similares fueron expresados por Antonio García Cubas.

14 Véase V. Ryan, Pascua. Fiesta del Señor, Ediciones Paulinas, Madrid, 1987.

15 F.H. Vera, Colección de documentos eclesiásticos de México o sea antigua y moderna legislación de la iglesia mexicana, Amecameca, 1887, pp. 182-200. Véase también É. Rebillard, Religión et sépulture. L´Église, les vivants et les morts dans l´Antiquité tardive, EHECS, Paris, 2003; J. Llopis, El entierro cristiano, PPC, Madrid, 1972, p. 37, “cementerios cristianos, lugar donde los difuntos esperan la resurrección”.

16 É. Rebillard, op. cit., “Chapitre premier. Le ëdossier des originesí”, pp. 11-23.

17 Véase A. Pardo, et al., El culto a los santos, Promoción Popular Cristiana, Madrid, 1983.

18 J.P. Gaery, Furta Sacra. The effects of Relics in the Central Middle Ages, Princeton University Press, Princeton, 1978, pp. 35 y 36.

19 A. Pardo, et al., op. cit., p. 23. Véase también L. Weckman, La herencia medieval de México, t. I, El Colegio de México, México, 1984, pp. 310-317, “centenares si no es que miles de reliquias empezaron a llegar al virreinato, cuando Zumárraga pidió que se le enviaran algunas...”; E. Malvido, “Civilizados o salvajes. Los ritos al cuerpo humano en la época colonial”, en Elsa Malvido, Gregory Pereira y Vera Tiesler (Eds.), El cuerpo humano y su tratamiento mortuorio, INAH/CEMCA, México, 1997, pp. 29-50.

20 Véase P. Ariés, op. cit.; G. Barracllough (Ed.), The Cristian World. A Social and Cultural History, Harry N.A, Publ., New York, 1981; “The Power of Relics”, pp. 152-153.

21 De Macabeo se desprende la palabra macabro.

22 Véase J.P. Gaery, op. cit.; H. Jedin, H., El Concilio de Trento en su última etapa, Heders, Barcelona, 1965, pp 41- 57; J. Villegas, Aplicación del Concilio de Trento en Hispanoamérica 1564-1600. Provincia Eclesiástica del Perú, Instituto Teológico del Uruguay, Montevideo, 1975; A.J.L. Bouza, Religiosidad contrarreformista y cultura simbólica del Barroco, CSIC, Madrid, 1990, pp. 23-42, “La traslación de santos catacumbales (1578-1864) fenómeno central del culto a las reliquias en la Europa de la contrarreforma.”

23 S. Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, Turner, Madrid, 1984, “Indulgencia: Latinae Indulgentia, ac, icnitas, facilitas, vale gracia, concesion, remisión.”


24 Véase F. Faeta, Le figure inquiete, tre saggi sul´immaginario folklorico, Franco Angeli Libri, Milano, 1989, pp. 115-158, “Ephémera. Figure commestibili e sparizioni rituali”. “dolce introdotto dagli Arabi... Con farina e zucchero si confezionano, per il due novembre, le ossa de muorti, dolce diminuti, polimorfi, que soprattutto in passato, erano distributi ai piccolo...vi sono, infine exvoto anatomorfi (piede, gambe, ventri, seni braccia, teste, tipológicamente simili agli esempiari in cera, legno, argento diffusi nei santuari e nelle botteghe artigiane della zona)”.

25Aunque se consideren netamente mexicanos, los altares de Todos Santos se ponen en todo el mundo católico. En Venezuela se colocan sobre una mesa imágenes de distintos materiales, aun de “santos recientes de devoción extracatólica” en todos los sitios públicos o en las casas. En Chile se preparan alimentos especiales para ese día, según M. Escalante en “La mesa de Todos Santos”, ponencia presentada en el IV Congreso Internacional de Momificación, en Arica, Chile, 1998. En Ecuador y en Perú las figuras infantiles se conocen como “guaguas” o guaguitas (niños) y pueden ser de pan o de pastillaje; otros tienen una “colita” parecidas a animitas y en Perú a los de pan se les viste como a los niños. En Ecuador las figuras de pastillaje, muy parecidas a las de Sicilia, ahora se venden para adornar los árboles de Navidad y se exportan a Estados Unidos.

26 A. García Cubas, op. cit., pp. 634-646, “Las reliquias de los santos existentes en la capital se exponían al público en tal día, eran las siguientes: san Primitivo, san Teófilo y santa María, en la Catedral; san Plácido mártir y san Vicente niño y mártir, en la Colegiata; santa Celeste mártir en San Lorenzo; san Clemente, santa Cándida, santa Rubrineta, san Rufo y un hueso del pulgar de san Juan Nepomuceno, en la Enseñanza Antigua; santa Felícitas mártir en Santa Teresa la Antigua; san Adesdato mártir, en Santa Teresa la Nueva; san Vicente mártir, en Balvanera; san Plácido mártir, en la Concepción; santa Victoria mártir, en la Encarnación; san Incundo mártir, en la Iglesia Grande de San Francisco; santa Clemencia, vestida a la Romana, en la Tercer Órden”.

27 Archivo Histórico del Ayuntamiento de la Ciudad de México. En adelante AHACD.

28 A. García Cubas, op. cit., p. 649.

29 J. Le Goff, La naissance du Purgatoire, Gallimard, Paris, 1981. Hoy participamos de la exclusión del Limbo, creado en también en la Edad Media para que entendamos como la Iglesia católica se reinventa al igual que cualquier otra institución política.

30 A.J.L., Bouza, op. cit., p. 12. A decir de Julio Caro Baroja en la presentación de este libro, la religiosidad popular en Galicia “está muy extendida, [...] las masas campesinas gallegas tienen todavía en lo religioso mucho de medievales y arcaicas”.

31 A. Bazarte y E. Malvido, “Los Túmulos funerarios y su función social en la Nueva España. La cera, uno de sus elementos básicos” en Espacio de mestizaje, UAMA, México, 1991.

32 A. García Cubas, op. cit., p. 650.

33 Ibídem, p. 646, “La verbena del Día de Muertos”. Véase también AHACM, 1821, leg. 2, exp. 2, Festividades de Todos Santos.

34 AHACM, 1867, leg. 2, exp. 6, Festividades de Todos Santos.

35 AHACM, 1867, leg. 2, exp. 3, Festividades de Todos Santos.

36 AHACM, 1867, leg. 2, exp. 6, Festividades de Todos Santos.

37 AHACM, 1844, leg. 2, exp. 20, Festividades de Todos Santos.

38 AHACM, 1867, leg. 2, exp. 8, Festividades de Todos Santos.

39 AHACM, 1871, leg. 2, exp. 11, Festividades de Todos Santos.

40 AHACM, 1876, leg. 2, exp. 18, Festividades de Todos Santos.

41 AHACM, 1881, leg. 2, exp. 19, Festividades de Todos Santos.

42 I.M. Atamirano, op. cit., pp. 50-54, el “Día de Muertos” fue escrito en 1880. Véase también G. Prieto, Memorias de mis tiempos, Porrúa, México, 1985, p. 11, “la procesión de Todos Santos”.

43 I.M Altamirano, op. cit., p. 47. “Las familias llevaban juntamente con algunos cirios y crespones o flores negras, ramos de flores naturales, coronas de siempreviva o cipreses, y cestos con comida y frutas y enormes jarros de pulque.” “¿Ha ido usted al Panteón Francés? No señora, allá voy en este momento. Si, vaya usted ¡que lindo está! ¡Qué elegantes sepulcros!”

44 Ibídem, p. 48. “Allí iban a parar los cirios, las flores, los cestos y el pulque[...] se habían tendido los manteles junto a las tumbas, o la misma yerba sepulcral había servido de mesa[...].”

45 A. García Cubas, op. cit., p. 651.

46 La palabra intangible, ¿será porque no la ven los antropólogos?, porque intangible es lo que no se toca y estas celebraciones se tocan, se comen, se viven; felicidades a los antropólogos por la definición.








 

PRESENTACIÓN
II. DÍA DE MUERTOS EN MÉXICO. ANTECEDENTES HISTÓRICOS
Patrimonio de la humanidad. La festividad indígena dedicada a los muertos en México
Conaculta

Que viva el Día de Muertos. Rituales que hay que vivir en torno a la muerte
José Eric Mendoza Luján

La festividad de Todos Santos, Fieles Difuntos y su altar de muertos en México, patrimonio “intangible” de la humanidad
Elsa Malvido

Veneración de reliquias y cuerpos de cera en los días de los Fieles Difuntos y Todos Santos
Alicia Bazarte Martínez

Rituales católicos del cuerpo para salvar el alma
María Concepción Lugo Olin

Un instrumento dentro de la preparación para la muerte: los relatos de aparecidos y su difusión en la Nueva España
María Concepción Lugo Olin

II. LEYENDAS ACERCA DE LOS MUERTOS. UNA LECCIÓN DE VIDA
De sombras, sapos y espíritus. Relatos sobre los Días de Muertos entre los chontales de Tabasco y los pames de Querétaro
Miguel Ángel Rubio
Meztli Martínez

Cinco leyendas en torno al Día de Muertos
Amparo Sevilla (Compiladora)

III. TRADICIÓN Y TURISMO: EL RITUAL DE DÍA DE MUERTOS
Noche de muertos en Michoacán. Reflexiones sobre su manejo como recurso turístico cultural
Carlos Alberto Hiriart Pardo

Nutelia: la fiesta para alimentar a los muertos. Una celebración en una comunidad tarahumara
Ana Paula Pintado

Los entierros en el noreste mexicano
Antonio Guerrero Aguilar

La celebración del Día de Muertos en la Candelaria, Coyoacán
Isabel Lagarriga Attias

Los chontales tabasqueños y la conmemoración de las ánimas
Catalina Rodríguez Lazcano

San Toro y la Danza de Viejos en Pantepec
Marco Darío García Franco
Pedro Reyes Rolón

Los viejos. Xiloxuchitl, Tantoyuca
Rubén Croda León

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